Peligros ambientales, desigualdad
económica y polarización social son los principales riesgos que el mundo deberá
afrontar en los próximos diez años. Así lo confirma el último Informe de
Riesgos Globales 2017 del Foro Económico Mundial, en el que se muestra la
complejidad tanto de estos problemas como de las posibles soluciones.
Los diferentes riesgos sociales,
económicos, ambientales y políticos crecen en la manera en la que se
relacionan, la incidencia simultánea de riesgos aparentemente dispares apunta a
una posible crisis del sistema, donde cualquiera de estos riesgos atacará
siempre a los eslabones más débiles (comunidades más pobres, zonas de estrés
hídrico, etc.). Las soluciones a los problemas venideros deben ser
transversales, que ataquen el conjunto de causas, en un mundo en el que hay
muchas iniciativas, más que nunca, pero éstas siguen sin ser suficientes. Los
vínculos entre la desigual distribución de la renta, la vulnerabilidad ante las
catástrofes climáticas y la inestabilidad social enfatizan la exigencia de orientar
las políticas económicas hacia una mayor protección de los más débiles.
Los peligros medioambientales dominan los riesgos globales
Este año, el informe alerta
principalmente sobre la relación de los riesgos ambientales con otros sociales,
económicos y geopolíticos que derivan, por ejemplo, en migraciones
involuntarias. A continuación, se señalan aquellos riesgos ambientales que
tendrán un impacto negativo en los próximos 10 años:
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Episodios meteorológicos extremos.
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Fracaso en las medidas de mitigación o
adaptación al calentamiento global.
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Graves catástrofes naturales.
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Pérdida de biodiversidad y colapso de
ecosistemas.
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Catástrofes ambientales producidas por el
hombre.
En 2016 ha habido grandes avances
respecto a la protección medioambiental. El 4 de noviembre entró en vigor el
Acuerdo de París, una senda clara de reducción de emisiones apoyada también por
los países más contaminantes como EE. UU. o China. Otro hito destacado ha sido
la inclusión de los hidrofluorocarbonos en el Protocolo de Montreal. Por otro
lado, en 2020 se establecerá el techo de emisiones para las compañías aéreas en
los vuelos internacionales (industria responsable de alrededor de un 2 % de las
emisiones mundiales de CO₂). Según señala el informe de Riesgos del WEF, este
impulso colectivo en la lucha contra el calentamiento global se puede ver
mermado, pero no anulado, por los
recientes cambios en el escenario político de Europa y EE.UU.
Mientras tanto, la realidad sigue
otro ritmo más acelerado y amargo. Los fenómenos meteorológicos extremos
emergen como principal amenaza donde, sólo en 2015, mil millones de personas se
vieron afectadas por desastres naturales, en 2016 batimos el récord de concentración
de dióxido de carbono en la atmósfera y también de aumento de temperaturas; en
otro aspecto, seguimos explotando los recursos naturales a un ritmo récord y
desigual (el 20 % de la población consume el 80 % de los recursos naturales).
Preparación
para un mundo en constante cambio
En este momento, el ciudadano
medio no tiene más voz o voto en el desarrollo tecnológico que comprarse o no
un iPhone. Sin embargo, esta revolución ya ha marcado nuestras vidas y, junto a
las grandes oportunidades, los riesgos que representa la tecnología nos
obligarán a “reconstruir las sociedades”, teniendo en cuenta que, según un
estudio realizado por la Universidad de Oxford, en sólo 20 años alrededor de
700 profesiones serán reemplazadas por máquinas. Debemos afrontar el impacto
del desarrollo tecnológico no sólo según el creciente número de comodidades que
nos aporta, sino también desde el foco de los millones de personas cuyos
trabajos se verán desfasados y amortizados
en los próximos años.
En las sociedades avanzadas y en
el interior de países menos desarrollados, vemos repetirse el fantasma del
Objetivo 10 de los ODS: la necesidad de reducir la desigualdad dentro y entre
los países. El reparto desigual de la
riqueza nos enfrenta a un dilema que afectará el desarrollo de muchos países.
Las amenazas medioambientales
evidencian la urgencia de aplicar medidas de mitigación y adaptación. Con los
actuales compromisos nacionales de reducción de emisiones (NDCs), avanzaríamos
hacia un escenario donde el aumento de la temperatura sería de 2,7 ºC, por
tanto es necesario asegurar una revisión ambiciosa de dichos compromisos para
cumplir con el Acuerdo de París, de mantener la temperatura por debajo de los 2
ºC y, evitar que el calentamiento global escape a nuestro control y nos lleve a
una situación de consecuencias imprevisibles tal como nos previene la comunidad
científica en el quinto informe del IPCC.
El filósofo, recién fallecido,
Zygmunt Bauman describía los tiempos actuales bajo la “teoría de la modernidad
líquida”, formada por sociedades complejas en constante cambio, donde sus
riesgos no pueden afrontarse con medidas milagrosas y simplistas, más propias
de las improvisaciones populistas. Quizá una de las responsabilidades de las
sociedades más desarrolladas sea la de comprender la complejidad e
interrelación de estos problemas, y aportar no sólo recursos financieros sino
las ayudas humanas y tecnológicas, imprescindibles para conseguir una
cooperación global en torno a los mayores desafíos.
Fuentes: The Global Risk Report, WEF, NASA, ELPAÍS, ELMUNDO






